Diario de Sesiones de las Cortes de Aragón


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Comparecencia de D. Enrique Miret Magdalena en relación con el ciclo monográfico sobre el libro.

Diario de Sesiones de las Cortes de Aragón n°: 040 de Serie B (III Legislatura)
Intervinienen: Miret Magdalena, Enrique - Burriel Borque, Adolfo - Gomariz Garcia, Emilio - Caudevilla Arregui, Norberto - De La Vega Cebrian, Pilar

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Comienza la Sesión. (A las once horas y treinta y cinco minutos.)
Este Vicepresidente, que ahora va a ejercer de Presidente, ha llegado tarde, ya que por razones de su trabajo no ha podido echar a sus alumnos de clase, del examen exactamente, sino a la hora previamente convenida. Por lo tanto, en primer lugar, disculpas al señor Miret Magdalena y a todos ustedes, señoras y señores Diputados.
Sin más preámbulos, ni siquiera presentaciones, porque Miret Magdalena es bien conocido de todos ustedes, con toda seguridad, y me parece a mí que, contribuyendo a un buen broche de lo que ha sido este ciclo del libro, que ha durado en sus comparecencias ya dos o tres meses y que, esperemos, será bastante fecundo; como digo, como broche, el señor Miret Magdalena va a realizar su aportación singular, seguramente, muy personal, y que esperemos que sirva para ese trabajo que, posteriormente, hemos de cumplir nosotros; como digo, sirva lo suficientemente bien.
Por lo tanto, sin más palabras, el señor Miret Magdalena tiene la palabra.

El señor MIRET MAGDALENA: No sabía muy bien cómo empezar esta intervención, y se me ha ocurrido, primero, hacer unas reflexiones sobre el libro y, después, contar algunas experiencias mías y algunas sugerencias sobre el problema que los escritores tenemos con el tema este del libro.
La primera cosa es que leía yo el otro día una cosa que me chocó profundamente y me parece muy oportuna, y es este pensamiento que decía: "Lo que distingue al hombre del animal es poder expresarse a través de un libro". A mí me parece que es una cosa muy verdadera, y sobre todo para los que hemos tenido la experiencia de escribir, para nosotros ésta es nuestra propia experiencia, que es algo que nos eleva y que nos produce una satisfacción, pero no una satisfacción puramente mecánica, sino una satisfacción superior.
La verdad es que el libro es muy importante en esta época en la que los medios audiovisuales tienen tanto predicamento. Yo creo que el libro es muy importante -después insistiré un poco más en ello-, es muy importante porque nos da ocasión de reflexionar, de volver a pensar lo que hemos leído, de volver otra vez a reconsiderar eso que se ha leído; y creo yo que esto es muy importante. De tal manera que siempre yo creo que será verdad -al menos lo ha sido para mí- esta frase de Plinio el Viejo que decía: "Ningún libro es tan malo, que no contenga algo nuevo", y es verdad. En todos los libros que he leído -algunos verdaderamente de personas no muy inteligentes-, sin embargo, siempre he encontrado una cosa positiva.
Pero yo creo que también hay grandes peligros que todos tendríamos que pensar. El primero de todos es esta observación medieval: "Cuidado con el hombre de un solo libro". Por eso viene otro consejo, también de Plinio, pero El Joven: "No muchos libros, sino leer mucho". De todo esto se deduce una cosa también importante: Dime lo que lees y te diré quién eres.
Termino estas observaciones y estos pensamientos con dos de dos aragoneses: "Los libros son, entre mis consejeros -decía Alfonso de Aragón-, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer". Y otro de Baltasar Gracián. Para mí, de los autores que más me han influido al principio de mi vida, cuando se desarrolló el mundo universitario en mis estudios, fue, por un lado, Platón. Yo recuerdo que un tío mío, aficionado a la lectura, me regaló todos los Diálogos de Platón, y, verdaderamente -yo tenía entonces dieciséis o diecisiete años-, me produjo una impresión tremenda, tremenda porque no me figuraba que iba a encontrar lo que allí encontré. Para mí ha sido un impacto que en toda mi vida, desde luego, me ha impresionado profundamente. Y el segundo autor fue un aragonés que, yo creo, tendríamos otra vez que volver a reconsiderar en estos tiempos actuales, que es Baltasar Gracián. De Baltasar Gracián, todos sus libros, pero muy especialmente El Héroe, El Discreto, El Criticón, influyeron profundamente en mi vida. Y me influyeron porque siempre encontré una cosa que no era la que me decían de él. Me decían de él que era crítico, que no se le entendía, etcétera. Y yo, sin embargo, lo entendía perfectamente porque coincidía con los anhelos que yo tenía, y, por lo tanto, voy a citarles aquí algunas veces a Baltasar Gracián.
Dice Baltasar Gracián: "Estiman algunos los libros por la corpulencia, como si escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios", y es verdad. En este mundo nuestro español, por ejemplo, yo creo que se publican demasiados libros y se selecciona poco. Realmente, yo, que recibo cantidad de libros de las editoriales, me encuentro con un montón de libros que no interesan para nada, e incluso, yo creo, atontan al lector. Es un poco como pasa con la televisión, que, a fuerza de tantas imágenes y tantas cosas, atonta al televidente. Yo creo que con los libros pasa una cosa parecida. Yo creo que aquí tendría que haber, como existen en otros países, concretamente en Fracia, premios literarios, pero, verdaderamente, que seleccionasen a los autores, porque aquí los premios literarios -vamos a ser sinceros- muchas veces no seleccionan a los autores, sino que se buscan otros móviles completamente crematísticos; pero en Francia no. Ya se sabe que determinado premio es para valorar un determinado estilo, un determinado género literario, y, por lo tanto, el lector queda orientado en estos premios perfectamente, no como aquí, que muchas veces los premios literarios, en mi opinión, tienen muy poco valor.
Mi experiencia ha sido siempre esta que decía Epicteto: "Si quieres ser un buen escritor -yo no sé si he llegado a serlo-, escribe". Yo, por lo menos, eso sí. Yo empecé a escribir en el año 1952, y fue casualmente. Yo entré dentro de un grupo de personas católicas, bastante progresistas para lo que se llevaba en aquellos tiempos, y decidieron hacer una revista. Como pasa siempre en la vida, se enfrentaron dos grupos, que eran los organizadores o los impulsores de esta revista, y, al final, a mí, que acababa de llegar, me eligieron director. Yo en mi vida había sido director de una revista ni nada que se le parezca. Y estuve varios años dirigiendo aquella revista, que fue una cosa interesante, porque era una revista católica, hecha por seglares, para seglares, desde un punto de vista católico. Los primeros artículos ya tuvieron muchos problemas en aquel tiempo; al profesor Aranguren, que era íntimo amigo mío -sigue siéndolo, claro-, le pedí yo que escribiera algún artículo para la revista. Inmediatamente vino la censura eclesiástica, y, a pesar de que no decía nada de particular, sin embargo, ya tuvimos el primer encontronazo. Fue el primer momento en que yo vi ya los inconvenientes de escribir.
La verdad es que la lectura, puesto que todos los que escribimos pretendemos que nos lean, ¿qué es? "Leer -decía Francis Bacon- hace al hombre claro, discurrir le hace rápido y escribir le hace exacto". Yo creo que a mí la escritura me ha ayudado a hacerme exacto. Y recuerdo otra experiencia, cuando salió esta revista de la que les hablaba yo a ustedes hace un momento, pues cuando surgió esa experiencia, un jesuita, estando en una reunión en un instituto de ciencias religiosas, y no me conocía y se acercó a saludarme y me dijo: "¡Cómo me sorprende lo que usted escribe! Usted tiene que haber estudiado alguna carrera de ciencias, porque usted tiene al escribir una exactitud que no tenemos los que solemos escribir muchas veces". Bueno, pues es verdad, creo yo que algo me ayudó esta idea de la exactitud al escribir.
Termino con esta frase de Gracián que tendríamos que aprender todos los que escribimos: "Lo bien dicho se dice presto". Y es verdad; lo que pasa es que hay que pensar mucho para decirlo y eso es lo que no se suele hacer ahora. Yo creo en esta frase del Antiguo Testamento, donde hay una gran sabiduría del mundo, que dice: "El mundo está mal porque no hay nadie que recapacite dentro de sí mismo". Y ahora nos tendríamos que preguntar si realmente dedicamos tiempo a pensar, tranquila y serenamente. Esto nos ayudaría muchísimo a resolver tantos problemas que nos parece que están en un callejón sin salida.
Voy a decir una cosa un poco sorprendente. Hace poco me encontré a una persona, una amiga, con la que estábamos hablando de toda esta serie de cosas y problemas. Era la presidenta de la Federación de Mujeres Empresarias en España, y me dice esta cosa sorprendente: "Oye, yo, una de las cosas que llevo un tiempo haciendo y que me está ayudando mucho para mi labor, es que yo, todas las mañanas, he aprendido a meditar". Bueno, yo me quedé sorprendido, pero es verdad. Meditar no es, como se ha enseñado aquí tantas veces, en el plano religioso, sino que es, simplemente, esta reconsideración dentro de sí mismo de tantas cosas que nos rodean o de tantas cosas que estamos haciendo y que muchas veces no acertamos.
Pues bien, voy a entrar un poco en algo referente al leer y al libro. La primera cosa que creo que tendríamos que recordar es que en España tenemos carencia de revistas que fomenten la lectura, de revistas que ha habido en otras épocas y ahora no las hay, revistas más literarias, en el sentido amplio de la palabra literaria, porque la revista, como decía Ortega y Gasset, tiene que ser la partera de los libros, y, si los libros los podemos criticar ahora por lo que pasa con ellos, muchas veces es porque no tenemos bastantes revistas que se dediquen, justamente, a enseñarnos a leer, a seleccionar las posibles lecturas y, verdaderamente, que sean revistas que entren dentro de este mundo literario. Yo aquí he recogido una serie de revistas, pero no les voy a hacer la cosa un poco pesada y leer todas ellas, pero, en fin, voy a leer aquí un poco.
En el siglo XVIII es cuando en España surgen las revistas, y una de las primeras fue una que se llamaba El Diario de los Literatos, y que estaba escrito a mano. En el siglo XIX ya empieza el resurgir de las grandes revistas, y, a partir del noventa y ocho, sobre todo de la Generación del 98, la primera es Germinal. Y luego todos los grandes personajes de aquella época escriben en una o en otra revista. Por ejemplo, Unamuno y Juan Ramón Jiménez escriben en Vida Nueva; autobiografías se publican en Alba; en Helios es Antonio Machado el que escribe; y hay una revista que se llama Arte Joven, en la cual escribe Picasso; y luego están las que inspiró Ortega: El Faro, Europa, España y, sobre todo, la Revista de Occidente. Y las que más permanentes fueron a principios de este siglo: España Moderna, La Lectura y Nuestro Tiempo. A propósito de La Lectura voy a decir aquí una cosa curiosa, y es que otro libro que a mí me influyó, y que no es un libro muy inteligente, pero que, sin embargo, es un libro que a mí me abrió caminos, es un libro de un aragonés, que seguramente nadie conoce en este momento; era un sacerdote que se llamaba Pablo León Murciego, y escribió un libro que se llamaba La Lectura. Yo lo leí después de la Guerra Civil y me sorprendió ese libro, escrito por un cura, y con censura eclesiástica, que recomendaba algunos libros que estaban en el índice de libros prohibidos. Yo decía: ¡qué cosa más curiosa ésta! Quizá era porque era un hombre que quería abrir su cultura y no se fijaba tanto en estos pequeños detallitos que tanto nos preocupaban en aquel tiempo en España. En Indice escribió Juan Ramón Jiménez, y La Gaceta Literaria, que la fundó Giménez Caballero. Después estuvo esta revista tan interesante, en tiempo de la República, Cruz y Raya, y, después, bueno, vinieron muchas sobre el tema poético.
Entonces, ¿qué es leer? Leer es algo artificial. Por eso es precisamente humano y por eso precisamente no es animal. Leer es meditar y pensar en una época que está mal porque no medita, como dije yo antes, y, además, el libro es algo que perpetúa al hombre. El hombre que tiene ese anhelo, como decía Unamuno, de perpetuarse, y, sin embargo, tanto le cuesta pensar en lo que le va a pasar cuando termine su vida física, pues el libro es eterno. Ahí es donde puede plasmar el hombre una gran inquietud por esa eternidad.
Bueno, una de las cosas más importantes del escritor, yo creo, es que el escritor se conoce mal a sí mismo, como nos conocemos todos mal a nosotros mismos. A mí, ¿quién me hizo conocerme más a mí mismo? En la época en que yo escribía en la revista Triunfo, en la que durante veintidós años estuve escribiendo todas las semanas un artículo, salvo en los momentos en que estaba prohibida, y que duraron unas semanas y, a veces, tres meses, pero siempre escribía yo, se recibían cartas de los lectores, y me decían a mí los compañeros que el 75% o el 80% de las cartas eran sobre los artículos míos. Eran unos artículos de gran crítica sobre temas del mundo del espíritu, pero relacionados siempre con la cosa social y con la cosa cultural. Y estos lectores fueron los que me abrieron a mí el camino de escribir, porque, si no, no sabía por qué escribía, salvo porque tenía afición a escribir. Pero estos lectores, y algunos verdaderamente sorprendentes por sus cartas, fueron los que me animaron a mí más a escribir. Voy a contar aquí dos cartas que yo recibí y que, verdaderamente, me impresionaron -estoy hablando del tiempo de Franco-. Una era de un condenado a muerte. Este condenado a muerte me escribe una carta y me dice: "Le va a chocar a usted que le mandé yo esta carta, se la mando escondida a través de mi mujer, y le voy a decir lo siguiente: cuando usted reciba la carta, ya me habrán fusilado, y, sin embargo, quiero que usted conserve un recuerdo de mí, que es que todas las semanas me traía escondido y recortado su artículo de Triunfo mi mujer, y eso es lo que me ha ayudado a mí a morir y a aceptar la muerte. Y le voy a decir a usted una cosa: yo soy creyente, pero la mayoría de los que están aquí en la galería de los condenados a muerte no lo son, y, sin embargo, esos artículos les ayudan, y yo se los paso a todos ellos". Bueno, yo, claro, cuando a mí me hacían críticas de lo que yo escribía y de que si yo hacía esto y hacía lo otro, y, sobre todo, nuestros obispos españoles de entonces, pues, claro, yo decía que con este testimonio todo está superado, todas esas críticas.
Y la segunda fue también en el mismo sentido, pero por una persona muy diferente. Era una antigua dirigente de la Acción Católica, era presidenta de la Acción Católica femenina en Alicante, y me escribe una carta y me dice: "Mire usted, yo a usted no le conozco personalmente, pero, después del Concilio me desanimaron tanto nuestros obispos españoles, que no tuve más remedio que apartarme de la Iglesia; después me aparté del cristianismo y, al final, me hice atea. Hace un año una amiga mía me dice: oye, ¿por qué no te lees esta revista Triunfo y estos artículos que escribe allí Miret Magdalena? Empecé a leerlos, y, realmente, usted me ha hecho recuperar un nuevo sentido religioso de la vida. Vuelvo otra vez a ser cristiana, vuelvo a ser católica, pero, claro, no católica de nuestros obispos, sino católica del Vaticano II".
Pues, bueno, esto es lo que los lectores me hicieron a mí, y yo creo que nos descubren esta complejidad que nosotros somos. Nosotros somos cuatro cosas: nosotros somos lo que creemos ser nosotros; nosotros somos lo que somos para los demás; nosotros somos lo que somos para el mundo trascendente, para Dios; y nosotros somos los que queremos ser. Esta complejidad enorme es la que se ve concretamente en todo lo que escribimos nosotros, y creo yo que todo el mundo debería pensar un poco más en estas cuatro facetas de lo que uno es. Por eso es tan complejo conocer a una persona, y, al final, ¡cuántas veces nos desorientan las decisiones de otras personas!, precisamente porque unas veces son una de estas cuatro facetas y, realmente, son a veces contradictorias estas cuatro facetas.
Les voy a referir cinco puntos que influyeron en mí con respecto a la lectura. Ya he dicho antes cómo me influyó tanto Platón; me influyó Gracián; me influyó este personaje desconocido, Pablo León Murciego; me influyó otro gran aragonés, que conocí yo personalmente y traté aquí en Zaragoza, que era Moneva Puyol, con sus críticas, esas críticas tan tremendas que hacía él, que a mí me asustaban un poco, pero, al final, me inclinaban hacia esta postura crítica que he tenido yo; me influyó también el populismo de Costa, y, sobre todo, un estilo, aunque yo a los seis años me marché a Madrid con mi familia, pero yo siempre he conservado alguna raíz de este aragonesismo, que para mí es esta claridad que tenemos los aragoneses. Yo no sé si la hemos perdido un poco, pero lo fundamental para nosotros es lo que es evidente, y lo que es evidente nos marca de tal forma que nos hace como somos los aragoneses: testarudos. Pero es porque vemos las cosas, queremos ver las cosas claras, y, cuando las vemos claras, nos dejamos convencer fácilmente, porque es una de las características que yo creo que tenemos nosotros dentro de nosotros.
Ahora, este aragonesismo, a través del tiempo, a mí se me ha compensado por una cosa que leí tanto en el mundo físico -yo soy químico- como en el mundo del pensamiento español, que es el perspectivismo. Es verdad que todos tenemos una perspectiva, y tenemos que ser coherentes con nuestra propia perspectiva, pero no es la única ni abarca todo. Por lo tanto, es también la perspectiva de los demás la que tenemos que conocer. Fue Ortega el primero que a mí me lo descubrió, y Ortega se inspiró en el más grande pensador que ha habido en este siglo, que fue Albert Einstein, con su teoría de la relatividad, teoría de la relatividad que no está sólo en el mundo físico, sino que está en todas las cosas. Y yo decía, cuando a mí me decían que yo era un relativista y a la vez una persona religiosa, que nosotros somos relativos, somo limitados, por lo tanto, ¿cómo voy a abarcar yo lo absoluto? La única manera de acercarme a lo absoluto es considerarme relativo, que es mi realidad absoluta ser relativo, y, por lo tanto, es cuando me acercaré yo a lo absoluto.
Voy a decir aquí una pequeña anécdota familiar en Zaragoza. Mi padre, que era un comerciante aquí, en Zaragoza, mi padre había marchado a los dieciocho años a Alemania; le había mandado mi abuelo, cuando en Alemania en aquel momento, a principios de este siglo, no había nada más que dos españoles en Berlín. El fue allí a trabajar, se asustó, vino aquí a Zaragoza; hay que ver lo que eran los padres entonces. Mi abuelo le esperaba en la estación con un coche de caballos, le llevó al médico, porque le dijo mi padre que estaba algo delicado, que no podía estar allí en Alemania. Le llevó al médico, le vio el médico; el médico dijo: no, no le encuentro nada de particular. Lo llevó otra vez a la estación, lo mandó para Alemania y estuvo dos años en Alemania. Eso es lo que hizo mi padre. Pues mi padre fue el traductor que tuvo Einstein cuando estuvo aquí en Zaragoza, porque Einstein estuvo en Zaragoza, y fue el traductor mi padre, porque él venía de Alemania, sabía el alemán perfectamente. El único personaje español que Einstein consideraba que había entendido su teoría, o sus dos teorías de la relatividad, era un profesor ignorado por todos los demás universitarios españoles, que era el profesor Terradas, que era un físico. Escribió un pequeño libro, que yo lo tengo, sobre termodinámica. Pues con este profesor, que nadie conocía en España ni nadie le daba ningúna importancia, cuando lo eligió aquí Einstein, se quedaron todos helados, porque dijo: el único que realmente en España ha entendido mi teoría de la relatividad es el profesor Terradas.
Bueno, éstas fueron las influencias que he tenido yo, y, la verdad, mis lecturas fueron las que me salvaron en la Guerra Civil de tantas cosas. Yo he recordado en un artículo, que saldrá dentro de poco en El País, cómo libros de poesía, como el libro de Pedro Salinas La voz a ti debida, me ayudaban durante la guerra a pasar los malos tragos de una guerra civil. Otras influencias grandes he tenido en el terreno de los libros, pero voy a hacer caso omiso de toda esta serie de cosas.
Voy a ir, para terminar esta intervención un poco deslabazada, a hablarles de cómo veo yo los problemas del libro. Yo, lo primero, es que veo problemas legales, problemas literarios, problemas de apoyo, problemas de cultura y problemas dentro de nuestro mundo aragonés.
Problemas legales. Yo veo que, realmente, se está a punto de hacer un nuevo Código Penal; en este Código Penal ha habido una reacción muy negativa por parte, sobre todo, de los periodistas, yo diría que también de los escritores -yo soy una cosa intermedia entre escritor y periodista-. Yo creo que nos afecta mucho esta manera de concebir este anteproyecto de ley del Código Penal, y creo yo que se tendría que reconsiderar, sinceramente. Yo creo que aquí en España tenemos una mala tradición: la mala tradición de la no libertad. Y eso todavía influye. Yo creo que no se tiene bastante confianza en la libertad, y hay que tener más confianza en la libertad.
Yo siempre recuerdo, cuando el Papa Juan XXIII escribió su encíclica Mater Magistra, que dijo una cosa que escandalizó totalmente a los católicos españoles; dijo que la libertad no se aprende formándose para la libertad, sino que ejerciéndola. Y esto es lo que tendríamos que recuperar, que es lo que realmente no hemos conseguido todavía. Yo compendo que no es nada fácil lo que hemos hecho nosotros en estos años, que es pasar por una dictadura, que fue la dictadura franquista, y toda una tradición política muy negativa en España -en general, estoy hablando, salvo pequeñas lagunas positivas-, que fue siempre una tradición de no libertad, fue la tradición del siglo XIX, siglo XX, en gran parte, y luego los cuarenta años del franquismo. Y esto ha marcado, yo creo, de alguna manera, nuestra manera de ser para mal. Por eso es por lo que no aceptamos claramente, en la práctica, muchas veces, el ejercicio de la libertad, y yo creo que esto tendríamos que reconsiderarlo, y que no venga en el Código Penal nada que, verdaderamente, coarte en lo más mínimo la libertad. Yo comprendo que la libertad tiene un límite, que es cuando hay un perjuicio para los demás. Pero cuidado con este límite, no exageremos este límite, no tengamos tan poca confianza en la libertad de los hombres y hagamos algo por que, efectivamente, esta libertad sea la que nos encamine hacia una democracia más plena. Yo creo -me van a permitir que hable así; claro que yo vengo como un señor que viene a contar su pequeña historia-, pues yo creo que todavía tenemos que aprender mucho de la democracia y, en fin, aquí dejo este tema a la consideración de ustedes, que son los que verdaderamente tienen que pensar en ello; no solamente hacer, sino pensar.
Efectivamente, tenemos que tener el respeto a la intimidad de los demás, pero está la libertad, y la libertad yo creo que está muy por encima de todo lo demás, aunque siempre habrá un pequeño coartar esta libertad para no llegar a incidir en la intimidad; pero muchas veces llamamos intimidad a cosas que no son íntimas, porque los propios interesados no respetan su propia intimidad y, sobre todo, porque muchas veces están perjudicando a los demás, y eso -creo yo- que debe de salir a relucir tranquilamente. Y, bueno, ¿qué pasa? No pasa nada, que la libertad al final vencerá, y vencerá descubriendo la verdad.
Voy a hablar de un pequeño detalle dentro de lo que a mí me está afectando en este momento, y que creo que nos afecta a todos los que escribimos y damos conferencias: son las declaraciones a Hacienda, esta cosa de que cada tres meses tengamos que hacer una declaración profesional a Hacienda. Yo soy un hombre que estoy jubilado por mi profesión anterior, pero, claro, sigo escribiendo y, por lo tanto, tengo que tener una licencia fiscal, tengo que tener una serie de mecanismos. Y qué lío es ése: tener que hacer estos papeles todos los trimestres y, sobre todo, lo que se nos ha presentado este año: una declaración que simplemente es un adelanto de lo que vas a tener que pagar, pero que se basa en unos cálculos que no tienen nada que ver con lo que has hecho, sino con lo que hiciste. Entonces, claro, esto es un lío verdaderamente increíble. Estoy un poco asustado porque los trimestres que yo no tenga conferencias va a resultar que esos trimestres voy a tener que pagar más a Hacienda que en los que haya hecho cosas, por este sistema de cálculo que hay ahora, sistema que no puedo entender. Creo yo que esto hay que replanteárselo, porque el escritor se encuentra envuelto en un fárrago de complicaciones, y hay que facilitarlo. Otra cosa es que cumpla con Hacienda, que me parece legítimo cumplir con Hacienda, pero de una manera que sea viable; no de una forma tan complicada y tan difícil para nosotros, que nos desenvolvemos en un mundo muy diferente. Además, lo que tenemos que hacer es apoyar y estimular esto, y la única manera de estimularlo es dar una facilidad para que esto sea más sencillo y más acomodado a la realidad.
Lo segundo son los problemas literarios. Yo he hablado antes de las revistas. Creo que habría que fomentar más revistas que se ocupasen del tema literario, que enseñasen a apreciar la lectura, porque los españoles, primero, leemos poco; segundo, no estoy muy convencido de que sepamos leer, y, por lo tanto, esto es un problema grave. En cambio, creo que unas revistas más literarias nos ayudarían a los españoles a apreciar la lectura, a aprender a leer mejor y, por lo tanto, a poder pensar mejor.
Otra cosa importante: voy a hablar antes de los premios. Yo creo que los premios aquí, en España, según excepciones, por supuesto, son unos premios que no tienen ni punto de comparación con los premios que se dan en muchos países, como el ejemplo que he puesto de Francia. Son premios que no se dan a los mejores, y por otros motivos -salvo excepciones, claro, pero creo que no se dan a los mejores-. Ayer estaba yo leyendo en el periódico unos comentarios de Antonio Muñoz Molina y, realmente, qué comentarios más interesantes hacía este hombre. Creo que todos tendríamos que pensar un poco más en este tipo de comentarios que creo que son independientes y no se refieren a determinada ideología, sino simplemente a cosas que están pasando entre nosotros.
Otro problema del libro en España son las traducciones. Salvo excepciones, las traducciones en España son pésimas, pésimas, y esto, verdaderamente, es hundir nuestra propia cultura. Si nosotros no tenemos un acervo cultural del lenguaje suficiente, nosotros no sabremos pensar; es una cosa psicológica: necesitamos palabras, frases que realmente se metan dentro de nosotros mismos y que son las que nos van a enseñar a pensar. Si no, no tendremos posibilidad de pensamiento, y con estos traductores que tenemos hoy en día, salvo excepciones también, verdaderamente es horrible. Muchas veces, bueno, libros un poco más importantes tienes que leerlos en la lengua extranjera -si la conoces- para poderte enterar. Yo soy muy aficionado a la psicología. Los libros de Piaget, por ejemplo, este gran psicólogo, en castellano son imposibles de leer; hay que leerlos en francés, porque algunas de las ideas fundamentales están trabucadas. Y no digamos de los libros literarios lo mal traducidos que están algunas veces. Yo creo que es importante.
Los apoyos. Bueno, yo creo que hay que ayudar más al libro, hay que ayudar más al escritor y hay que ayudar más a ediciones que sean subvencionadas realmente. ¿Cómo? Yo no lo sé, no soy técnico en la materia, no puedo decir esto; pero creo que sí podría ayudarse a través de premios, pero unos premios que no sean como a veces veo yo en este momento. ¿Cómo es posible que a un autor se le dé un premio, y al cabo de pocos años se le dé el mismo premio? Yo no puedo comprender eso; creo que no es justo. El premio está hecho para fomentar, pero no para premiar a un señor que es muy bueno, sino que simplemente se le premia para que la gente le conozca, y luego esto se utiliza para otras personas que hay que promover, porque hay muchas personas que promover. No seamos como decía Honoré de Balzac -una observación que tenemos que meditar, porque mirando la historia del libro y la historia del mundo del pensamiento y de la cultura es verdad-: "Cuanto mejor es un libro, más tarda en venderse". Lo decía Honoré de Balzac, y sabía lo que decía, y creo que es verdad. ¡Cuántos autores que han sido luego cumbres en la historia de la cultura humana, y que nadie se fijó en ellos cuando vivieron, no vendieron sus libros, o no vendieron sus cuadros! Esto es una gran verdad, y ahora, bueno, están de moda una serie de personajes... ¿Qué pasará cuando estos personajes hayan muerto? ¿Vivirán en la cultura, o no vivirán? ¿No tendremos que resurgir algunos de los que nos hemos olvidado totalmente, y que son los que, realmente, tendríamos que haber promovido? Pues yo creo que esto se puede hacer, y se puede hacer mucho si fomentamos justamente estas revistas literarias, estos premios literarios, estas ayudas al libro; pero, verdaderamente, para promover nuevos libros, en el sentido de que tengan que aportar algo al ser humano y que estén bien escritos, porque creo que, necesariamente, el que verdaderamente quiere transmitir algo tiene que saber escribir, porque, si no, no lo sabe transmitir.
Otro problema que dejo aquí. He vivido mucho esto que ha pasado en estos días anteriores, esta explosión aragonesa en estos días anteriores, esta manifestación que ha habido, y esto nos debería hacer pensar sobre la cultura. ¿No tendríamos que fomentar más la cultura en las diferentes zonas de este país? ¿No tendríamos que ayudar a que la promoción de la cultura estuviera menos centralizada y más centrada en el mundo de lo local, diría que de la realidad y de las diferencias españolas? Yo pienso que éste es un tema a meditar, un tema importante, porque, si no, a veces, ¿se promueve cultura, o se promueve lo espectacular? Ciertamente, no: la cultura es lo que hay que promover, no lo espectacular, y para promover la cultura hay que estar en contacto con la realidad de todos los días. Si esa realidad se profundiza... Yo aprendí una cosa cuando estudiaba -bueno, siempre he estudiado muy a fondo la nueva física-, y es que la manera de abrirse, de universalizarse es profundizando en lo particular: el que profundiza en lo particular se abre a lo universal. A mí me sorprendió, cuando leí -hace ya años- un libro verdaderamente genial sobre la física del siglo XX, de Pascual Jordan, editado por el Fondo de Cultura Económica -que ya saben ustedes que hubo una errata de imprenta cuando se hizo esta editorial: se quería llamar Fondo de Cultura Ecuménica; resulta que se equivocaron: pusieron económica, y ahí se quedó, pero la verdad es que la idea fue distinta-. Pues este libro, de uno de los grandes físicos actuales, una de las cosas que descubre es cómo ahondando en lo más profundo de la materia se descubre lo que los poetas están todo el día nombrando: el mundo del espíritu; cosa sorprendente pero muy real.
Ahora se acaba de editar en Francia un libro... Un ejemplo de lo que pasa con los libros: es uno de los libros más importantes -creo yo- que se han publicado en estos años, y no se ha traducido al castellano. ¿Por qué no se ha traducido al castellano? Las editoriales corrientes no se han interesado en ello porque es un libro aparentemente religioso, y las editoriales católicas en España tienen miedo a los obispos españoles y, por lo tanto, no se atreven a publicar este libro. Este libro es un diálogo de tres personas: dos físicos y astrofísicos franceses, que son matrimonio, y el otro, que es un filósofo católico, ya mayor, pero todavía muy despierto, y dialogan sobre la nueva física, nada más, lo que aporta la nueva física, y, realmente, lo que dicen estos dos astrofísicos tan importantes es cómo en lo más íntimo de la materia descubres algo que no es materia, que no lo puedes clasificar como materia. No sabes qué decir de esto, pero yo creo que es muy importante, y esto nos anima a los que vivimos en este mundo de la cultura porque decimos: a lo mejor en el fondo de la materia también está la cultura; tendríamos que recuperar esto. Yo siempre recuerdo un libro que a mí me influyó muchísimo, se llamaba Las realidades terrenas, La teología de las realidades terrenas, un libro que pasó un poco sin pena ni gloria, pero que es importantísimo porque venía a decir esto mismo que está descubriendo la nueva física, que es que el espíritu no está allá; el espíritu está aquí, y lo tenemos que descubrir aquí, verdaderamente.
Bueno, luego, sobre el tema del aragonés. Yo tengo un diccionario que compré en una librería de viejo, que se llama Nuevo diccionario etimológico aragonés, de J. Pardo Asso, publicado en 1938, y es un diccionario genial, un diccionario que tendríamos que recuperar los aragoneses, porque nosotros tenemos una gran riqueza de lenguaje, un lenguaje además muy expresivo, muchas veces onomatopéyico, y en otras zonas del país no es así y, sin embargo, yo creo que a fuerza de esta superficialidad universalista, aparentemente universalista que vivimos, perdemos estas raíces. A ver si aquí recuperamos estas raíces de nuestro lenguaje, que es tan expresivo y que nos ayudaría también a pensar diversamente, que es lo importante, a pensar con nuestra perspectiva.
Bueno, entonces ya he terminado esto diciéndoles a ustedes que una gran realidad -yo que soy un forofo de la razón-, una gran realidad es que en último extremo la razón está dirigida por el corazón y, por lo tanto, lo que tenemos que purificar es el corazón, justamente para que la razón no se desvíe, y muchas veces, porque el corazón no está purificado, es por lo que no llegamos a entendernos y tenemos tantas razones en contra, los unos de los otros, que no hay manera humana de casar.
Unamuno dijo esta frase -yo no la había leído hasta hace muy poco-, que es trastocar totalmente la cultura europea que hemos tenido nosotros. La cultura europea se basa en Descartes, cuando decía: "Pienso, luego existo". Y Unamuno le dio la vuelta y dijo: "Siento, luego existo". Pues tendríamos que profundizar también en el sentir, y lo dice una persona que está metida siempre con la ciencia, la nueva física, etcétera, etcétera. Yo creo que tendríamos que profundizar en el sentir porque es la raíz de la cual parten todas nuestras divergencias muchas veces. Si nosotros sintiéramos profundamente, aprenderíamos, quizá, a tener una razón más comprensiva, una razón más dialogante, una razón más abierta hacia los demás, y eso es lo que me parece que puede producir también la lectura y el libro. Yo diría que el libro hace lo que yo viví en tiempos de la Guerra Civil, y que les decía a ustedes antes: es aquello que descubrió Aristóteles, que fue la catarsis, la purificación.
Voy a contarles a ustedes -para terminar- esta pequeña confidencia. Yo, en el año 1936, antes de la Guerra Civil, decidí hacerme jesuita. Como para los jesuitas estaba prohibido que aquí, en España, tuvieran estudios, tenía los estudios en Bélgica. Entonces, yo pedía el pasaporte, y el día mismo que empezó la Guerra Civil tenía yo que recoger el pasaporte de la Dirección General de Seguridad; pero como empezó la Guerra Civil, no lo recogí y me quedé en mi casa. Entonces, el provincial de los jesuitas avisó a mi padre diciéndole que me escondiera por algún lado, porque habían encontrado la lista de los nombres que nos íbamos a ir a Bélgica, y, claro, en aquel momento primero de la guerra, a lo mejor nos iban a detener, nos iban a pegar un tiro, etcétera, etcétera. Después de muchos avatares me pude meter en una embajada. Yo, que era católico de las encíclicas sociales, cuando entré en la embajada dije: estarán todos los católicos, y todos estarán preocupados por lo mismo que yo. Fue una gran desilusión: nadie estaba preocupado por nada social, sino que todos estaban preocupados por otras cosas mucho más egoístas. Y allí yo me tuve que aislar con la lectura, y gracias a la lectura pude convivir durante el tiempo que estuve encerrado en esta embajada, este período tan difícil de la guerra fría. Y, entonces, además, tuve otra experiencia profunda: como creí que los que estaban allí eran los míos, y los veía tan distintos, empecé a pensar si los míos estarían fuera también, y, entonces, la verdad es que yo ya no he podido clasificar nunca los míos y a los otros, sino que siempre he encontrado a las personas que, a lo mejor, coincidían conmigo en los sitios más diversos.
Yo, por ejemplo, soy una persona que no puedo ocultar que tengo un talante abierto, progresista y quizás de eso que antiguamente se llamaba "de izquierdas", y ayer me encontré en el tren con una persona que tiene otro talante, que era Miguel Herrero de Miñón -que somos amigos-. Estuvimos hablando, y lo curioso es que, como hablamos de cosas con una cierta profundidad, coincidíamos en muchas cosas. Esto a mí me agrada. Yo he sido progresista dentro del mundo católico, y sigo siéndolo cada vez más, y me he entendido a veces con algún integrista. ¿Por qué? Pues porque he intentado dialogar con él, y cuando intentas dialogar luego resulta que, al final, se puede dialogar. No convencerás a esta persona, pero yo tuve un ejemplo con un jesuita de Barcelona -el padre Tapies- que escribió un libro sobre el protestantismo deleznable, y me pidieron jesuitas de Madrid que escribiera una reseña en contra. Bueno, yo leí el libro y escribí en contra. El otro se enfadó muchísimo, y me dijeron los jesuitas de Madrid: ¿por qué no le escribe usted diciendo por qué le ha criticado su libro? Le escribí y le dije: mire usted, yo he criticado su libro sin conocerle, ni saber quién es usted, simplemente porque usted desconoce a Karl Marx, que es el mejor teólogo que tienen los protestantes en este momento; a Pullman, a éste o al otro, y usted no habla para nada de ellos. Usted habla del protestantismo que no existe nada más que en pequeños grupos integristas, pero no del protestantismo. Contestación suya: me ha convencido usted de que sabe más del protestantismo que yo. Desde ahora, la nueva edición de mi libro vendrá teniendo en cuenta estos libros que usted me ha recomendado. E hizo la cosa más increíble: fue a publicar otro libro y me mandó las galeradas para que yo se las corrigiera; por supuesto que se las devolví, diciéndole: mire usted, yo no le corrijo las galeradas porque eso es cosa suya, ¿verdad? Y cuando fui a Barcelona a dar una conferencia a la residencia de los jesuitas años después, llego allí y el superior me dice: mire usted, estoy abrumado, porque aquí está el padre Tapies; el coloquio va a ser un desastre porque, realmente, no sé lo que le va a decir. Y dije: bueno, pues no creo que pase nada. Solté mi conferencia, llega el coloquio, me hace unas preguntas él, le contesto yo, termina el coloquio, se acerca y me da un abrazo, con gran sorpresa del superior.
Pues yo creo que esto es lo que tendríamos que hacer todos: dialogar; no para convencernos, sino para entender que hay un fondo común en muchas cosas que no sabemos escarbar suficientemente, y que esto nos lo puede dar también la lectura: una lectura serena, una lectura -yo diría- profundizando siempre en lo que uno lee. Así es que muchas gracias por haber atendido este rollo que les he soltado a ustedes, y quedo a su disposición para lo que quieran hacer de mí.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Muchas gracias.
Señorías, si hasta ahora, en relación con el libro habíamos navegado siempre en todas las comparecencias por los problemas materiales, en orden a presupuestos, a distribuciones, a ventas, etcétera, ahora, quizá, con la intervención de don Enrique Miret Magdalena, nos hemos acercado más a las actitudes de los seres humanos respecto a los libros, a sus contenidos y a sus efectos. Seguramente esto es lo más esencial en relación con el libro, pero, en cualquier caso, los dos aspectos que se han tocado en todas estas comparecencias son seguramente las dos caras de la misma moneda. No obstante, ahora que es el turno de Sus Señorías, yo espero que no haya necesidad de hacer ningún tipo de descanso, sino directamente empezar las preguntas. No obstante -como digo-, respecto a este segundo aspecto, en relación, por lo tanto, a las reflexiones, a las aspiraciones, a las propuestas de don Enrique Miret Magdalena, tienen ustedes la palabra. Y, como todas las ocasiones, en primer lugar será el Portavoz, don Enrique Burriel, del Grupo de Izquierda Unida, el que se pueda dirigir al señor Magdalena.

El señor DIPUTADO (BURRIEL BORQUE): Muchas gracias, señor Presidente.
Don Enrique Miret Magdalena: compartir de verdad ideas y gustos con una persona a la que se admira, proporciona también una pequeña dosis de orgullo personal, sinceramente. Y quería decírselo al comenzar; decírselo y agradecerle no sólo la comparecencia; agradecerle los viejos artículos de Triunfo, los nuevos artículos de El País; agradecérselo sinceramente, porque creo que ahí hay una parte no sólo de la persona que usted es, sino que hay un pedazo del sentimiento, de la vocación, y yo creo que de lo que en los libros también se encuentra y también puede buscarse.
Voy a decir pocas cosas. Como usted citaba, lo bien dicho se dice presto; pero, en todo caso, lo diré presto. Es verdad, decía -creo que era don Miguel de Unamuno- que nadie podrá sentirse infeliz mientras tenga la posibilidad de leer un libro, y es cierto. Yo creo que es cierto que después de este ciclo que hemos tenido alrededor del libro -como decía quien está ahora ejerciendo las funciones de Presidente-, después de toda una larga parte donde nos hemos dedicado a conocer los problemas de distribución, los problemas de edición, los problemas materiales, los problemas económicos, que, en definitiva, son también los problemas de los lectores y, por lo tanto, también los problemas del libro, por eso, escucharle hoy a usted es una especie de aire fresco, sin que el otro aire no fuera un aire respirable; es una especie de aire fresco que, sinceramente, se agradece.
Yo no sé si los jesuitas perdieron un buen jesuita el 18 de julio de aquel triste treinta y seis, pero lo que sí es cierto es que los demás ganamos un publicista, un escritor y -si me permite decirlo- un amigo. Miguel de Unamuno sí que decía -como usted comentaba-, dándole la vuelta a Descartes, que existir es pensar. Miguel de Unamuno creo que decía: "Existir es pensar, y pensar es comprometerse" -creo que ésa es la frase exacta-. Yo creo que ésa es su vida. Gracias por todo; sinceramente, gracias, y nada más.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Pues don Enrique, si quiere hacer algún comentario, tiene usted la palabra.

El señor MIRET MAGDALENA: Agradecer estas expresiones tan amistosas, porque, claro, la verdad, vengo aquí y me considero amigo de todos, por supuesto. Esa es mi gran satisfacción. Yo les voy a decir que en los cuatro años que estuve al frente de protección de menores, a un grupo de amigos se les ocurrió el primer año darme una cena. Yo me negué a ello, pero lo hicieron sin enterarme, y, al final, se celebró la cena. Habría unas doscientas personas en aquella cena, y lo que más sorprendía a todos los que estaban en aquella cena -y a mí me satisfacía- era que se sentaba en una mesa, a lo mejor, un practicante de yoga, juntamente con un católico casi integrista, y uno que era ateo, y otro que era agnóstico, uno que era de derechas, otro que era de izquierdas, otro de centro, y así estaban todas las mesas aquellas. Bueno, a mí esto me satisfizo profundamente porque, realmente, es lo que he pretendido siempre: hablar para todos, dentro de mi propio pensamiento, por supuesto, ¿verdad?, pero ser lo suficientemente independiente como para, bueno, escuchar a todo el mundo y pensar por mi cuenta, por supuesto.
Voy a decir yo que, a propósito de la revista Triunfo, porque fue una cosa importante -creo yo- en la historia de nuestro país, en la historia social, cultural, política y económica de nuestro país, en el mes de octubre se van a organizar en Madrid unas jornadas, a las que van a venir algunas personas extranjeras, que, curiosamente, son las que más se han intersado por la revista Triunfo, y están haciendo tesis doctorales estudiando la revista Triunfo. Se van a hacer unas jornadas en las que van a participar algunas de las personas que estuvimos en Triunfo. Y luego, estas personas que vienen del extranjero también están haciendo estas tesis doctorales. Son una holandesa y otra que no sé si es francesa o qué, ¿verdad? En fin.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Muchas gracias.
Por el Grupo Popular.

El señor DIPUTADO (GOMARIZ GARCIA): Muchas gracias.
Yo quería simplemente manifestarle que ha sido un rato de fruición el poder escuchar los contenidos que nos ha expuesto, y ya no por ese modo de exponerlos, es decir, no por el modo de decir los contenidos en sí, sino que advierto que surgen desde una reflexión, de un algo vivido. Esto es muy importante cuando una persona es capaz de hablar por algo que internamente ha pensado, ha reflexionado; eso se nota. Entonces, en ese sentido, los contenidos expuestos, para mí, han sido una verdadera fruición en el sentido de escucharle.
Bueno, hay dos cosas que me han llamado la atención, y creo que podrían ser de gran utilidad, respecto a las diversas comparecencias que aquí se han tenido en torno al libro. Hay dos cuestiones que preocupan un poco. Una, respecto a los premios literarios. Yo quisiera preguntarle, a usted, que tiene mucha más experiencia en ello y una larga vida en el mundo de la literatura, en el mundo de la política, en el mundo de las ideas..., si los premios literarios no se están dando, si no se han dado siempre, pero sobre todo últimamente, si no se están dando los premios literarios en función de una promoción política, de una promoción, digamos, gubernamental, aprovechando el momento. Yo recuerdo un escritor que me decía: mira, éste es el momento de publicar mi obra porque ahora va a tener acogida. Entonces, bien, cada uno aprovecha su momento; pero esto del momento puede restarle fuerza a la vena literaria, al ejercicio de la actividad literaria, a lo que los premios en sí debieran ser, porque comparto sinceramente esa idea que ha expuesto usted de dar un mismo premio, muchas veces, a una misma persona; si ya se le ha premiado una vez, se le ha reconocido, esa persona debiera estar descartada dentro de ese mismo premio; en función de otro género pudiera dárselo, pero no en función de lo mismo. Esa es una idea que se me ocurre preguntar.
Otra idea que considero básica es que, normalmente, a lo largo de su exposición, he captado yo que usted ha expuesto que en nuestro ámbito español, cuando hablamos de literatura, atendemos más a la forma. Es decir, en España tenemos una larga historia literaria, vestimos muy bien las ideas, pero las ideas no son nuestras; cuando hablamos de ideas y contenidos tenemos que irnos fuera. Por ejemplo, cuando hablamos de Gasset o de Unamuno. Esa frase que dice: "Pienso, luego siento". Bueno, hay muchas traducciones del cogito ergo sum -el "pienso, luego existo"-, muchas versiones; a mí me sonaba de un autor anterior a Unamuno, pero sí que es cierto que en Unamuno es una constante.
Cuando hablamos de contenido, generalmente nos tenemos que ir fronteras hacia allá. ¿Obedece esto a esa cosmovisión que los españoles tenemos de las formas y no reflexionamos lo suficiente para que surjan contenidos propiamente nuestros? Mire, como profesor de Filosofía tengo que decir que cuando los alumnos me preguntan qué filósofos españoles tenemos, pues sí, tenemos filósofos, claro que tenemos, de primera línea; pero, por comparación, como en el fútbol -primera división, segunda, tercera, etcétera-, ¿qué filósofos o pensadores podríamos citar de primera? En el ámbito de la literatura sí hay algunos que, bueno, se acercan a grandes pensadores, pero, vamos, sin marcar nunca el contenido sobre la forma. Quisiera saber a este respecto qué pensaría usted.
Por lo demás, muchas gracias, y ya le digo que ha sido una verdadera fruición, y creo que, además, es un lujo el tenerle hoy aquí y poder escucharle en sus distintas manifestaciones.
Gracias.

El señor MIRET MAGDALENA: Muchas gracias, por estos juicios tan alentadores para mí, porque voy a decir que yo si escribo es porque me alienta la gente, verdaderamente; si no, no escribiría.
Voy a empezar por la segunda, y luego iré a la primera. En la segunda -la verdad es que esta segunda pregunta es muy importante- voy a decir yo lo que a mí me ha afectado en mi vida. Yo, cuando estaba allí, en la embajada, durante la Guerra Civil, que es cuando decidí -como ha interpretado muy bien el Portavoz de Izquierda Unida- dejar la Compañía de Jesús porque ya vi las cosas muy diferentes, yo leía entonces mucho a un autor que fue utilizado en la dictadura franquista de una manera equivocada o interesada, que fue Menéndez Pelayo. Menéndez Pelayo realmente era un hombre liberal, era un hombre católico de gran apertura, excepto en las obras de su más tierna juventud, como era la Historia de los heterodoxos...; pero, luego, cuando hizo la segunda edición puso un prólogo diciendo que si él hubiera escrito ahora esta obra, la escribiría de manera diferente porque ya no haría los juicios que hizo tan duros entonces contra nuestros heterodoxos.
Yo recuerdo un libro que a mí me produjo una impronta tremenda y que discutía con algunos católicos allí. Era La ciencia española, de Menéndez Pelayo, en donde nos descubre una serie de autores españoles -quizás deja en el tintero otros más importantes todavía-, una serie de autores españoles que ahora tendríamos que volver a reconsiderar y que ni siquiera los hemos reeditado. Entonces, claro, decimos que nosotros no tenemos pensadores en nuestro país, tenemos sólo literatos en el sentido de la forma, pero yo creo que ha habido pensadores importantes, sólo que no nos hemos preocupado de reeditar a estos pensadores. Por ejemplo, todos los grandes teólogos puristas del siglo XVI a mí me han inspirado justamente mis posturas democráticas; no me las ha inspirado nadie más, son ellos los que me han convencido. Mi postura por la libertad me la han inspirado ellos; mi postura respetuosa de otras religiones me la han inspirado ellos. Sin embargo, éstos no fueron los que nos inspiraron en nuestra historia posterior. Cuando surgió esta discusión, a propósito de una frase que dijo Virgilio Zapatero citando a Hugo Grocio, yo me apresuré a escribir un artículo defendiendo su postura, porque no era la de Hugo Grocio, sino que, mucho antes, fue un jesuita español, fue Gabriel Vázquez el que dijo eso mismo; sin embargo, nosotros ya no lo sabemos. Dijo que la moral es una moral natural, y que esa moral es lo mismo independientemente de que se crea en Dios o no se crea en Dios, porque es una cosa que está en la estructura misma del ser humano. Eso lo dice Gabriel Vázquez, y resulta que nosotros tenemos que citar a Hugo Grocio, que viene del extranjero, para decir lo mismo que ha dicho Vázquez. Yo creo que así ha pasado muchas veces. Por eso, aunque Menéndez Pelayo escribió La ciencia española con un apasionamiento evidente, ese libro, sin embargo, nos ha descubierto una serie de pensadores. Pero como se empezó la gran polémica contra lo que decía Menéndez Pelayo, ya que era una polémica más política que otra cosa, se olvidó que él citaba ahí una serie de autores que ahora tendríamos que haber recuperado para pensar que nosotros hemos sido pioneros en muchísimas cosas, en muchísimas cosas.
Por ejemplo, un autor que me ha influido mucho, del siglo XVI, es Francisco Sánchez, el del librito este del que nada se sabe. Bueno, pues lo editó la colección Austral, y yo creo que no lo ha leído nadie o casi nadie aquí en España, y, sin embargo, ese libro nos hubiera dado a los españoles un punto de pensamiento relativista, dialogante, para no creernos que lo sabíamos todo. Sin embargo, el tipo de cultura que se nos metió en la cabeza era que nosotros ya lo sabíamos todo y no teníamos que aprender nada, y si aprendíamos algo era del extranjero, pero no de nosotros. Entonces, yo pienso que aquí, en el mundo aragonés -claro, yo no soy el experto en este tema-, puedo decir que a mí me sorprende que quienes descubrieron a Baltasar Gracián no fuimos los españoles; fue Shopenhauer el que descubrió y difundió a Baltasar Gracián. Esto es vergonzoso realmente. Porque recuerdo alguna historia literaria que leía yo de un jesuita, en donde decía que Baltasar Gracián era tan oscuro, que decía cosas tan extrañas a veces, etcétera, etcétera, que no merecía la pena leerlo. Pues éste es nuestro mal: que justamente hemos despreciado lo que nosotros hemos tenido de pensadores nuestros, o simplemente hemos dicho que eran oscuros y que era trabajoso leerlos. Y no es verdad, yo creo que no es verdad; si se pone uno a leer en serio, se sacan muchas cosas; no digamos de estos grandes pensadores del siglo XVI, que son estupendos.
Y voy a la primera pregunta. Bueno, es una pregunta que tiene dos facetas: una, la faceta cultural, y, otra, la faceta política. A mí, la verdad, es que me resulta un poco incómodo meterme en el mundo político, ahora directamente, y la única cosa en la que tendría que insistir es que en esta primera pregunta quizás todos tendríamos que hacer un examen de conciencia, y cuando digo "todos", digo "todos". Nosotros no respetamos bastante la cultura. Lo he dicho en la charla que yo he dicho, y creo que es verdad: no respetamos bastante la cultura y tenemos que respetarla más, y entonces muy fácilmente caemos -no solamente en los premios literarios, sino en cualquier cosa-, caemos en valorar justamente por otros motivos que no son los culturales. Entonces, yo creo que ése es un gran mal nuestro. Yo lo vi -lo he contado antes- en nuestra historia española. Voy a decir una cosa que no sé si a alguno le va a escandalizar. Yo he aprendido muchas cosas muy interesantes... Yo publiqué un artículo en La hoja del lunes en Madrid -cuando La hoja del lunes tenía una gran difusión en Madrid- un artículo en donde hice un esfuerzo por lo siguiente: escribí un artículo muy abierto citando ideas de Ramiro de Maeztu sin decir que las había dicho Ramiro de Maeztu. Bueno, pues los más progresistas me pusieron enseguida en sus cosas literarias, ¿verdad?; recortaron el artículo, lo pusieron allí, etcétera, etcétera. Y es porque, efectivamente, Ramiro de Maeztu ha dicho muchas cosas para mí inaceptables, pero también ha dicho cosas interesantísimas. Y eso es lo que tenemos nosotros que descubrir: que los españoles tenemos que saber encontrar la veta positiva en todos los sitios, y no dejarnos llevar justamente por lo que es superficial de todo esto, que sería, muchas veces, la veta política. No porque diga yo que lo político no tiene que ser profundo; tiene que ser profundo. Pero a veces hay móviles que nos influyen sin darnos cuenta y que nosotros tendríamos que superar. Estoy hablando en líneas generales y para todos.
Yo les he contado la conversación esa que he tenido con Miguel Herrero de Miñón, porque es expresivo de que políticamente yo no pienso lo mismo que él -por lo menos, en lo que se sabe externamente-, y, sin embargo, nos pudimos entender, y nos pudimos entender sobre cosas importantes. Esto es lo que tendríamos que aplicar a todos los mundos, y también al mundo cultural. Cuando a mí me dicen: pero, ¿tú por qué lees a fulano? Bueno, pues le leo porque a lo mejor aprendo algo de fulano, y fulano es un individuo que no piensa como yo.
El otro día me escribió un lector de Triunfo poniéndome de vuelta y media porque yo había dicho, en el último artículo que escribí en El País, que yo tenía un gran respeto y me había ayudado mucho en mi planteamiento religioso-espiritual Nietzsche, y se ponía frenético contra mí. Me decía que eso era ya el disparate del disparate, que me estaba metiendo con las estupideces que se dicen contra Dios, y yo también critico algunas de las estupideces que se dicen, como las que usted está diciendo en su artículo. Entonces, claro, yo le he escrito, como hago siempre. No entro en su batalla; yo le contesto a una serie de preguntas que él me hacía, y le contesto seriamente. Le digo: mire usted, yo pienso esto por esta razón, y por esta otra, y le contesto a usted, a pesar de lo que dice usted de las estupideces, porque yo no entro en ese juego, sino que entro en el diálogo de las convicciones y de las ideas, pero no en las otras clasificaciones, que es lo que nos pierde a los españoles: las clasificaciones.
Yo, bueno, les voy a decir una cosa que pienso muy seriamente. Yo aprendí que otro de los grandes defectos de España es que la cultura nuestra del siglo XIX y del siglo XX, salvo excepciones, y, sobre todo, la cultrua religiosa que hemos tenido, está enmarcada por un modo de pensar que ya no tiene vigencia en la cultura del futuro, que es el modo de pensar de la lógica aristotélica; es una lógica de clases y, por lo tanto, intenta siempre las clasificaciones. Eso se nos ha metido a nosotros dentro, y todo lo queremos clasificar. Así no descubrimos el fondo de las cuestiones, porque la auténtica lógica que ha descubierto tantas cosas en la nueva física es la lógica relacional, no la lógica clasificatoria sino la lógica relacional. Y eso es lo que tenemos que aprender: una lógica de relaciones, no una lógica de las clasificaciones. Con lo cual no niego que habrá que clasificar algo, pero no creernos que por eso hemos encontrado la verdad. La verdad se encuentra con la relación, no con la clasificación. La clasificación nos ayuda un poco, pero, sin embargo, la relación es lo que vale.
Voy a recordar un libro genial, un libro genial que también me influyó a mí mucho Tres horas en el Museo del Prado, de Eugenio D'Ors. Este libro clasifica todos los cuadros, pero es tan profundo en el conocimiento relacional de los pintores, que la clasifiación no tiene ninguna importancia, sino que el fondo, la relación, es lo que vale, porque te hace descubrir esa relación con el pintor y lo que realmente pretendió cada pintor, y, verdaderamente, independientemente de que a él le gusten más unos que otros. Esto pienso yo que es lo que tenemos que aprender todos los españoles.

El señor PRESIDENTE (BERNAD ROYO): Muy bien, en representación del Grupo Aragonés, don Norberto Caudevilla, tiene la palabra.

El señor DIPUTADO (CAUDEVILLA ARREGUI): Muchas gracias.
Don Enrique, creo que ha conseguido hoy algo que no es frecuente en estas comparecencias, y es desarmarnos a los políticos, hacer que no representemos a nadie. Yo, por lo menos, en estos momentos no represento a nadie, sino que soy la persona a la que él está hablando; ha conseguido que seamos personas y que pensemos. Yo le he escuchado muchas veces; he seguido muchas conferencias, y hoy, no sé por qué, como es más íntimo, como estamos en nuestra casa, me ha impresionado más todavía, por eso estoy diciendo los disparates que estoy diciendo, y aún diré más.
Yo desperté muy tarde a la vida política -voy a ser brevísimo-, y fue con la revista Triunfo, con sus artículos y con los de otros de sus compañeros. Reconozco que pertenecí a una generación que no tuvo más que muchas preocupaciones, mucho que estudiar y, claro -algo de culpa tendría yo-, me preocupé muy poco de la vida política que me rodeaba, de la vida social que me rodeaba. Hasta que ya, más mayor, la revista Triunfo fue definitiva. Desde luego, nunca le agradeceré bastante el que aquello me hizo descubrir una serie de vivencias que me han permitido después proyectarme hacia los demás -creo-. De modo que hoy ya digo que es especialmente satisfactorio escucharle a usted.
¿Cómo me voy a fijar si no he tomado apuntes, contra lo que en mí es frecuente? Veré si esta tarde apunto todas las ideas que nos ha dado, pero, sobre todo, para pensar en ese canto a la libertad que nos ha hecho. Se me ocurren frases como las que recogía Emilio Gomáriz: los premios no son para aplaudir a los famosos, son para promocionar a los que empiezan, es tan importante eso... Yo me quedaría con algo que me ha impactado a mí -no podía ser de otra manera-, y no entro en hablar de su profundidad; que ya procuraré pensar es lo más que puedo decirle. Pero junto con la Generación del 98, y con decir que le han influido Ortega, Unamuno o Azorín, que eso es muy frecuente, el que haya nombrado a los proscritos de la Generación del 98 -como Costa, Juan Moneva-, a mí no me ha dejado de dar un pequeño respiro. Son tan denostados... Claro, que si usted dice que de todo se puede sacar útil, pues hasta de ellos ha sacado. Es que yo también tengo la desgracia de que he sacado algo útil de estos señores.
Luego, como anécdota, y para romper el tono excesivamente serio -otros días esto es muchísimo más vivo y, desde luego, participamos todos con mucha viveza en los debates, y hasta nos decimos cosas- pues, hombre, yo cuando ha dicho usted, en su intervención, que se había trafucado, en lugar de confundir, me he quedado un poco anonadado. Pero, luego, cuando ha dicho que había leído el diccionario etimológico del señor Asso, ya me he aclarado. Esto, como anécdota, no deja de ser sorpresa que una persona que ha leído tanto y que sabe tanto, y que nos enseña tanto, caiga en esos pequeños detalles en los que algunos, quizás, caemos más frecuentemente, y nos hacen olvidar eso que hoy usted nos ha recordado. Le aseguro, una vez más, que a mí, particularmente, me ha impactado y que procuraré, con la poca influencia en esta vida pública aragonesa que podamos tener, no desperdiciar lo mucho que hoy nos ha enseñado.
Nada más, don Enrique. Gracias.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Don Enrique, a pesar de todo, y cómo no iba a serlo desde el Partido Aragonés, ha sido una intervención política, sin ningún tipo de dudas. (Risas.)

El señor MIRET MAGDALENA: Muchas gracias.
Voy a decir una cosa curiosa. Yo leí también a Donoso Cortés. No me gusta nada, ¿verdad?, pero decía una cosa curiosa: que toda toda teología es política, y es verdad. Yo es lo lo que he vivido en mi vida. Decimos: tal teólogo, pero ¿realmente está haciendo política? Y es que siempre estamos haciendo política, queramos o no queramos. Este es el gran problema. Quizás parece que he hablado nada más que de cultura, pero yo también he hecho política: la política de la libertad, la política del diálogo, la política del progresismo de saber realmente respetar al otro, etcétera, etcétera. O sea, que todos hemos hecho política siempre, y ésa es la gran verdad. Lo malo es que muchas veces la política que está latente en nuestro pensamiento, que no parece político, es política inconsciente, oscura y que no desvelamos claramente. Entonces, la verdad es que estamos diciendo una cosa y lo que estamos diciendo es otra. Eso es malo; por eso, esa evidencia que decía yo que es la característica del aragonés, esa claridad que va buscando siempre, tendríamos que buscarla también en toda esta serie de cosas: saber lo que hay en el trasfondo de todo, que siempre lo hay. A mí esto me lo enseñó Freud. Yo tuve la pretensión -la he tenido-, de escribir una pequeña biografía de Freud, y realmente a mí me han impactado mucho las cosas de Freud, no entendidas como las entiende generalmente la gente, sino de otra manera un poco distinta. Y una de las cosas es ésta precisamente: que todos mezclamos todo con todo, a veces inconscientemente, y tenemos que saber desvelar. Freud intentó que su método de curación fuese el de la autosinceridad. Bueno, pues qué cosa tan importante es que seamos realmente sinceros, seamos sinceros para descubrirnos a nosotros mismos en todo lo que pensamos, decimos, hacemos, dialogamos, etcétera, etcétera. Esto yo creo que es muy importante.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Por el Grupo Socialista, doña Pilar de la Vega.

La señora DIPUTADA (DE LA VEGA CEBRIAN): Yo, en primer lugar, quiero agradecerle, como al resto de los componentes de los diferentes Grupos Parlamentarios, su presencia en las Cortes de Aragón. Evidentemente, su intervención -decía Adolfo Burriel, y yo lo estaba pensando realmente-, su intervención ha sido un soplo de aire fresco, es decir, hemos abierto la ventana y alguien ha entrado aquí y nos ha dado un aire cual cierzo del Moncayo y nos ha despejado bastante las cabezas, pero, además, nos ha hecho reflexionar y pensar durante una hora en esta Sesión de la Comisión de Educación de las Cortes de Aragón.
Yo recordaba una Sesión parecida, cuando a un instituto, hace dos años, vino un escritor -Julio Llamazares- y saludó a los alumnos de segundo durante una hora y pico. Entonces también fue un aire fresco, fue una heterodoxia, fue un aire de libertad que en ese instituto se produjo. Y me lo estaba recordando por lo mismo, porque yo creo que era un aire de heterodoxia, en el buen sentido de la palabra. Yo diría que nos ha dado una lección no sólo de libertad, yo diría que también de democracia. Estoy de acuerdo con usted en que, evidentemente, lo mismo que no nos podemos formar para la libertad, tampoco nos podemos formar para la democracia. La democracia se aprende viviéndola, y eso quizá es, bueno, uno de los problemas que todavía tenemos los españoles. Porque, evidentemente, han sido poquitos años en democracia, y eso a todos nos cuesta. Yo he sido educada en una escuela franquista, y no he vivido la libertad ni la democracia en esa escuela, más bien la he querido porque la he sentido y porque he pensado que era buena; pero no porque la haya vivido. Creo que las nuevas generaciones que han vivido en democracia son las que, realmente, van a entender muchas cosas y van a vivir muchas cosas de una manera distinta a como las estamos viviendo nosotros.
Entonces, yo querría hacer alguna reflexión sobre lo que usted ha dicho. Es decir, yo he leído sus artículos de Triunfo, porque mi generación es deudora de sus artículos y, además -más en mi caso- porque mi compromiso con la política viene de unas raíces cristianas y como para mucha gente, sobre todo mucha gente que estamos en el Partido Socialista y que estamos en la izquierda, con lo cual todavía somos más deudores en ese sentido. Me han gustado, sorprendido y animado todas las reflexiones que ha hecho sobre la física y el espíritu, sobre todo porque yo creo que nuestra sociedad cree que los científicos no son humanistas, que no entienden la cultura, que no entienden la vida. Creo que la entienden mucho más, con raíces mucho más profundas que nosotros; parece que solamente la gente de letras somos gente que podemos inventar la cultura, y yo creo que no. Entonces, todo el análisis que ha hecho me ha parecido maravilloso, porque yo realmente lo pensaba, aunque soy de historia, y no soy de ciencias. Pero me han parecido unas reflexiones espléndidas, sobre todo sobre el concepto del relativismo, como podemos aprender el relativismo en la vida y en la política.
Pero yo querría que nos hiciera una reflexión; se lo pediría por favor, a pesar de lo tarde de la hora. Estamos en una situación en esta Comunidad -y en el resto del país- que yo creo que es una situación distinta y diferente, como en el resto de naciones del viejo continente europeo, y es el problema de los nacionalismos. Estamos viviendo ahora mismo una guerra cruenta increíble, que no entendemos. Lo que está pasando con la desmembración de Yugoslavía; lo que ha pasado, no hace mucho, con toda la desmembración de la antigua Unión Soviética; lo que está pasando con los nacionalismos, que parece que los habíamos perdido después de la Primera Guerra Mundial, y ahora parece que están reflotando de nuevo. Parece que el mapa de Europa es el mapa de después de la Primera Guerra Mundial y que no han pasado todos estos años, con el componente tan tremendo que lleva el nacionalismo de irracionalismo y de enfrentamiento tan brutal y de muerte que va contra, justamente, lo que usted ha dicho esta mañana aquí: va frente a la tolerancia, frente a la libertad, frente a la democracia. Da miedo. Yo soy profesora de historia y me da miedo cada vez que con los alumnos hemos visto esto y hemos explicado esto.
¿Adónde podemos llegar? ¿Qué sucede con todo esto? ¿Qué valoración hace? Y, sobre todo, cuando ve, en alguno de estos lugares, a la Iglesia Católica como valedora de estos nacionalismos, cercana a ellos, como apoyándolos, nunca oponiéndose a ellos, nunca haciendo ese punto de reflexión, de tolerancia que debería tener la Iglesia Católica frente a esa situación. Por otro lado, además, da la sensación de que los fundamentalismos están enganchados, enraizados en nociones religiosas. Por un lado podríamos ver el tema de Polonia, con todo lo que está sucediendo; o el tema de la Unión Soviética, en la que, de repente, aparecen reyes raros, figuras raras, y creíamos que, en fin, eso no era posible; o el fundamentalismo que se está dando en los países islámicos. Es decir, ¿qué reflexión nos haría de este tema? Es uno de los temas que, realmente, en estos momentos, más me preocupa, porque no sé a dónde vamos, no sé adónde podemos ir, adónde nos pueden conducir estos nacionalismos irracionales. No creo que nos conduzcan a una Europa de la libertad y de la tolerancia, sino más bien a todo lo contrario.
Gracias.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Como Presidente de la Comisión me veo obligado -además, con la mejor de las formas- a decir que en una Comisión cuyo fin era una comparecencia para hablar de los temas de libro, este libro se ha abierto tanto, desde luego, que no pasa nada si hablamos también de nacionalismos y de conflictos europeos.
¿Usted está dispuesto a contestar?

El señor MIRET MAGDALENA: Yo, en principio, sí.
Yo creo que ésta es una pregunta que a todos nos preocupa, porque es una gran realidad que estamos viviendo en el mundo actual, una realidad inesperada: la caída del Este. ¿Quién esperaba la caída del Este? Vino de la manera más impensable. Luego algunos podrán decir: yo ya pensaba que no sé qué... Pero la verdad es ésa: que se nos vino como una cosa que no podíamos esperar en aquel momento. Yo tengo algunos amigos en el mundo del Este, sobre todo un profesor de literatura románica en la Universidad de Praga, con el que he tenido mucha relación y, claro, te cuenta lo mismo: que allí tampoco pensaban que la cosa iba a pasar como pasó.
Entonces, ¿qué es lo que yo creo que ha ocurrido? Yo muchas veces doy alguna conferencia sobre el tema del ocaso de las ideologías. Yo creo que, efectivamente, hemos tenido una época, durante un tiempo, en nuestro mundo occidental, en nuestro mundo oriental, en donde lo que ha primado han sido las ideologías. Pero las ideologías han sido unas ideologías más rígidas que evitadas, y, entonces, esas ideologías, de repente, nos damos cuenta que se han venido abajo, se han venido abajo las ideologías que dirigieron el Este, y se han venido abajo no tanto por ser ideologías en el sentido positivo de la palabra, sino por ser unas ideologías en el sentido negativo de la palabra. O sea, fueron sistemas cerrados de ideas que no tenían, realmente, fuerza vital. Entonces, aquello cada vez fue más a negativo, más a negativo, hasta que pasó este fenómeno.
Yo voy a decir lo que yo pienso. Yo creo que el afán de la libertad en muchos seres humanos en el mundo del Este era tan fuerte, que pudo más ese afán de la libertad latente que toda la fuerza dictatorial que había en aquel momento. Ese es un ejemplo -a mi modo de ver, importante- de que con el tiempo la libertad todo lo puede, y allí lo pudo.
Entonces, ¿qué ha pasado con el mundo nuestro? El mundo nuestro está con bastantes callejones, aparentemente, sin salida: de tipo económico, de tipo social y de tipo político; creo yo que está en callejones sin salida. No diré que todo son callejones sin salida, pero que está. Y está, quizá, por lo mismo: porque hemos confiado en unas ideologías cerradas, y ahora se nos han venido abajo muchas de estas ideologías. Fue la ideología del capitalismo -en el sentido pleno de la palabra decimonónimca de capitalismo-, y han sido otras muchas ideas que han perdurado aquí, en el mundo occidental. Y esto yo creo que es malo. Entonces, ¿qué es lo que pasa? Pasa que la gente se arrima a lo que tiene más cerca, y entonces empiezan los nacionalismos; se pierden las ideologías que tienen una cosa más amplia y empiezan los nacionalismos. Estos nacionalismos tienen también un mensaje. O sea, no solamente es lo que está pasando, que es negativo, en gran parte, sino que tienen un mensaje, que es el que yo he querido darles a ustedes en la charla que yo he tenido, y es que no hay que olvidar nunca lo particular, y hay que profundizar en lo particular, y, cuando se olvida lo particular y se quiere hacer una cosa más amplia, más universal, sin esa base de profundizar en lo particular, luego surge, como siempre, la reacción en contra, y la reacción en contra es esto.
Voy a hablar del caso de Yugoslavia. ¿Qué es lo que se ha hecho allí? Se han aplastado, justamente, las particularidades de las diferentes partes de aquel país. Aquello estaba con una fuerza a la que se impedía salir a flote. Pero, claro, lo que ha ocurrido es que, el día que ha habido este cambio, ha surgido aquello que estaba represado, falsamente represado. Entonces, ahora estamos en la novatada de los nacionalismos, y está mal el asunto. Pero nos debemos hacer una reflexión serena y decir: lo que está mal es este nacionalismo rígido y superficial. Si nosotros no hubiéramos despreciado ese nacionalismo o esas características particulares, y hubiéramos andado en ellas, a lo mejor se hubieran universalizado y hubiera habido apertura, pero, como no se ha hecho eso, hay cerrazón y hay enfrentamiento, y enfrentamiento cruento, que es el peor que puede haber siempre. Eso es lo que yo pienso.
Ahora, ¿qué puede pasar aquí en Europa? Yo creo que, indudablemente, en el resto de Europa seguramente va a reverdecer algún tipo de nacionalismos; también aquí en España. Lo que hace falta es que no sean como esos nacionalismos represados que hay en el mundo, como en Yugoslavia, sino que se sepa comprender que eso es legítimo y se sepa estimular la profundización de ese nacionalismo, para que verdaderamente se abra, y no para que se cierre. Y esto es lo que creo yo que es tan importante en el mundo del futuro que se nos está avecinando: fracaso de las ideologías, pero hay que recuperar ideas, que quizá no sean tan cerradas sistemáticamente como las anteriores, porque ésas han fracasado y ahora tendríamos que recuperar otras. Todo lo que he hablado del libro ha sido por la recuperación de las ideas. Pero las ideas no son los sistemas cerrados de ideas, que es lo malo.
Yo he sido durante muchos años profesor de ética marxista y ética cristiana, y yo, realmente, he apreciado muchas cosas del marxismo que me parecían importantes, y ahora, como realmente todo se ha hundido en el mundo del Este, ahora todo el mundo se ha olvidado del marxismo. El marxismo tiene muchas facetas; algunas entraron en el fondo de nuestra cultura y nos estamos olvidando de ellas, y yo creo que hay que aprender, que ahí ha habido algo, algo importante. Lo que pasa es que si el marxismo es lo que pasó en la Unión Soviética y lo que hizo Stalin, claro, esto es disparatado. Pero hay algo que no se puede perder, hay algo positivo, y los países del Este lo han perdido completamente, al menos oficialmente. Yo creo que van a padecer mucho por haber perdido algunas de las ideas que ellos habían tenido y que eran positivas.
Yo siempre recuerdo algo que me impresionó mucho. Saben ustedes que vinieron aquí, a España, una serie de niños que habían ido a Rusia en tiempos de nuestra Guerra Civil, y luego volvieron. Fueron a los cuatro años y volvieron a los veinticuatro. Yo tuve la ocasión de conocer a una de estas personas repatriadas, que era catedrática de historia de un instituto de segunda enseñanza, era catedrática de historia contemporánea. Entonces, un tío suyo que era cura me la recomendó, porque estaba muy mal aquí, en España, que no sabía qué hacer. Yo le recomendé varias cosas y, además, le dije: ¿usted me puede dar clase de historia rusa contemporánea, que me interesa mucho? Y me dio durante varios meses clases de historia rusa contemporánea. A mí me interesaba conocer lo que pasaba en Rusia, cómo se pensaba en Rusia y cómo vivía la genta en Rusia. Y ella me contó cosas muy interesantes. Ella estaba deseando venir a España, y cuando vino a España se desilusionó; se desilusionó a todos los niveles: a nivel político -era el período del franquismo-, a nivel cultural, a nivel religioso -ella era atea-; sin embargo, tenía una gran ilusión por conocer lo religioso, porque decía que ella no conocía más de lo religioso que las explicaciones que le daban en la universidad: una de las teorías marxistas sobre la religión, la más negativista de todas, pero tenía una cierta ilusión y había leído mucha literatura -era muy aficionada a la literatura-, y en la literatura leyó cosas de la religión. Este país le desilusionó, porque vio en España un país muy egoísta, y la religión la veía como algo contrario al egoísmo. Ella, una vez, leyendo una novela de Nicolás Gogol, el protagonista rezaba el Padre Nuestro, y no tenía otra información religiosa que el Padre Nuestro, y deducía que allí tenía que haber algo de amor entre los demás.
Yo creo que esto es importante. Nosotros, aquí, en el mundo occidental, hemos perdido valores positivos a través de este ocaso de las ideologías -en el mundo del Este también ha pasado lo mismo-, y empezamos a proteger todo esto. Se están produciendo fenómenos que tendríamos que reconsiderar.
Ahora, yo no soy pesimista, yo creo que el ser humano tiene tal capacidad de recuperación, que, realmente, vamos a encontrar caminos -aunque con dificultad-, caminos de futuro. Y los brotes que hay de fundamentalismo, por ejemplo, que se dan en el mundo islámico, se dan en el mundo protestante y se dan en el mundo católico. No nos olvidemos de que ahora se produce una cierta expansión de algunos movimientos muy conservadores dentro del catolicismo también.
Todo esto yo creo que está muy relacionado con todo lo que he dicho yo antes. Si nosotros, por ejemplo -ya que se está hablando aquí de una cosa que a mí me afecta mucho, que es la educación católica, la educación religiosa-, si nosotros hubiéramos tenido una educación religiosa, con la apertura que yo conocí -por suerte para mí- en los libros que yo leí, siendo muy joven... Voy a citarlos aquí. Aparte de Platón, que quizá fue el que más me descubrió a mí este mundo espiritual como una cosa positiva, yo leí también a un filósofo francés católico, que era dominico, y escribió un libro que se tradujo aquí, en tiempos de la República, que se titulaba El Catecismo de los incrédulos. Hoy, los católicos españoles tendrían que leer ese libro, porque han perdido la friolera de casi cincuenta años en olvidarse de cosas tan importantes, a propósito del catolicismo, que decía este autor. Pero todo esto se ha perdido en gran parte, y ahora estamos con estos fundamentalismos latentes, que están por ahí. Ayer, por ejemplo, hablando con Miguel Herrero de Miñón, una de las cosas en que coincidíamos era en nuestra crítica -él como católico y yo como católico, aunque él con un sentido político distinto del mío-, coincidíamos en una crítica a nuestro episcopado, justamente por esto que estamos diciendo ahora. Por ejemplo, ¿se preocupan los obispos de los seglares, o se ocupan solamente del impuesto religioso? Pues es verdad, y yo creo que es grave. El me lo decía.
Así podríamos hablar de cómo, efectivamente, todo fundamentalismo es un peligro, se tinte de religioso, de político, de social o de lo que sea. El fundamentalismo estalinista fue un desastre, el nazismo fue un desastre, el fascismo fue un desastre. Pero ahora hay otros fundamentalismos que también pueden ser peligrosos, y que yo creo que tendríamos que ser muy conscientes para desvelar todos los gérmenes del fundamentalismo que hay en todos los sitios, dentro de las ideas que cada uno tenga, porque, claro, yo antes he citado una serie de autores que eran todos autores tenidos como conservadores, y yo creo que no eran tan conservadores como se piensa, aunque, efectivamente, tenían una veta conservadora, pero yo creo que teníamos todos, en todos los terrenos políticos, que pensar más a fondo sobre este problema de los fundamentalismos que es tan peligroso, y su reacción contraria, que es la pérdida de rigidez, que es igualmente peligrosa.

El señor VICEPRESIDENTE (BERNAD ROYO): Bien, señores. ¿Hay alguien que quiera hacer alguna otra pregunta o alguna reflexión?
Agradeciendo la presencia a don Enrique Miret Magdalena en esta Comisión, levantamos la Sesión. (A las trece horas y diez minutos.)

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